Aquí te presento casos clínicos creados a partir de casos reales de pacientes que veo todos los días en la consulta. Hay muchísimos más ejemplos, tantos que no cabrían. Si te resuena, y crees que puedo ayudarte, no dudes en contactarme. Si no puedo ayudarte, te lo diré con claridad.
Una mujer de 53 años vino a consulta porque no conseguía perder peso.
Pesaba 113 kilos, pero aquello no era lo único que le preocupaba.
Otras veces, cuando había cambiado su alimentación y aumentado el ejercicio, su cuerpo había respondido. Esta vez no.
Estaba comiendo mejor.
Iba al gimnasio.
Se estaba esforzando de verdad.
Pero no solo no veía resultados: cada vez estaba más cansada y habían empezado a hinchársele los pies.
Podríamos haberle dicho que necesitaba comer menos o entrenar más. Pero había algo que no encajaba.
Al estudiarla, encontramos hipertensión arterial que no conocía y una tiroiditis autoinmune que ya estaba produciendo hipotiroidismo. Además, la hinchazón de las piernas no tenía una única explicación: también presentaba insuficiencia venosa crónica, agravada probablemente por pasar muchas horas sentada.
Tratamos la hipertensión, el hipotiroidismo y mantuvo sus cambios de alimentación y ejercicio. Poco a poco, recuperó energía y el peso empezó a responder mejor.
Para la insuficiencia venosa pautamos medidas específicas, entre ellas medias de compresión. El resultado fue tan bueno que ahora dice que no quiere quitárselas.
La enseñanza de este caso no es que toda dificultad para perder peso se deba a la tiroides. La mayoría de las veces, el peso depende de múltiples factores, y tratar un hipotiroidismo no provoca por sí solo grandes pérdidas de peso.
La enseñanza es otra:
Cuando una mujer está haciendo cambios razonables y aparecen además cansancio, hinchazón u otros síntomas nuevos, no siempre necesita esforzarse todavía más.
A veces necesita una valoración médica que conecte las piezas.
Caso recreado con fines divulgativos en base a muchas pacientes de la consulta. Los datos clínicos y personales han sido modificados y, cuando ha sido necesario, combinados para proteger la confidencialidad. Este contenido ofrece información general y no sustituye una valoración médica individual.
Llegó angustiada porque sentía que algo no iba bien.
Estaba en perimenopausia y tenía cansancio, dificultad para concentrarse, cambios en el ciclo, estreñimiento y una hinchazón abdominal que condicionaba su día a día.
Había consultado con distintos profesionales y traía muchísimas pruebas. Pero seguía sin entender qué le ocurría ni qué debía hacer.
Lo primero que hicimos no fue pedir otra batería de análisis.
En mujeres mayores de 45 años, cuando los cambios del ciclo y los síntomas son compatibles, no siempre es necesario medir las hormonas para reconocer la perimenopausia.
Así que decidimos mirar aquello que realmente podía cambiar sus decisiones de salud: su riesgo cardiovascular, el colesterol, el metabolismo, la actividad física, la salud muscular y sus déficits nutricionales.
Además, contaba que sus molestias digestivas habían empeorado coincidiendo con el uso de un fármaco GLP-1.
Le expliqué que estos tratamientos pueden enlentecer el vaciamiento del estómago y producir náuseas, plenitud, distensión o estreñimiento. Eso no significa que expliquen cualquier síntoma digestivo ni que sean medicamentos inadecuados, pero sí que hay que revisar su indicación, tolerancia y evolución en cada persona.
Detectamos déficit de ácido fólico y vitamina D, que tratamos de forma dirigida. También acordamos cambios dietéticos para mejorar su perfil cardiovascular.
Quería perder peso y estaba haciendo ayuno intermitente, pero en su caso no estaba funcionando y estaba aumentando su preocupación alrededor de la comida.
No necesitaba una pauta más extrema.
Le propusimos abandonar temporalmente el ayuno rígido, recuperar horarios regulares y distribuir la alimentación en porciones más pequeñas, adaptadas a su tolerancia digestiva. No porque comer más veces adelgace por sí solo, sino porque podía ayudarla a comer de una manera más llevadera y sostenible mientras estudiábamos su evolución.
Y fijamos algo esencial: una revisión en tres meses.
Porque una buena consulta no siempre termina con más pruebas, más diagnósticos o más suplementos.
A veces termina con menos ruido, unas prioridades claras y un plan que se puede medir.
La perimenopausia no necesita más ruido. Necesita buena medicina.
Caso recreado con fines divulgativos en base a muchas pacientes de la consulta. Los datos clínicos y personales han sido modificados y, cuando ha sido necesario, combinados para proteger la confidencialidad. Este contenido ofrece información general y no sustituye una valoración médica individual.
Había sido gimnasta.
Conocía bien su cuerpo, el esfuerzo y la disciplina. Pero ahora, después de realizar unas pocas actividades por la mañana, llegaba un momento en el que ya no podía continuar.
No era el cansancio normal de haber tenido un día intenso.
Era como si su cuerpo se apagara.
Además, convivía con varias enfermedades de base, entre ellas una espondilitis anquilosante y una encefalomielitis miálgica. Su densitometría ósea también se había deteriorado.
Y ahí aparecía un dilema difícil:
Necesitaba proteger el músculo y el hueso, pero cualquier exceso de actividad podía dejarla peor durante horas o incluso días.
En la encefalomielitis miálgica existe un síntoma especialmente importante: el malestar posejercicio. Un esfuerzo físico, mental o incluso emocional que antes habría sido tolerable puede provocar después un empeoramiento desproporcionado de la fatiga, el dolor, la concentración o el sueño.
Por eso, la respuesta no podía ser simplemente: “Tienes que hacer más ejercicio”.
Había que conocer su límite de energía, distribuir las actividades, anticipar los descansos y adaptar el movimiento a lo que su cuerpo podía tolerar sin desencadenar una recaída.
Dentro de esos límites, consiguió mantener una actividad física cuidadosamente ajustada. Y su salud ósea mejoró.
Pero no porque hubiera vencido la enfermedad a base de fuerza de voluntad.
Mejoró porque encontramos una forma de proteger sus huesos sin ignorar lo que ocurría después del esfuerzo.
La fatiga persistente no siempre es falta de entrenamiento, estrés o desmotivación.
Y recomendar ejercicio sin preguntar qué sucede en las horas y días posteriores puede hacer que pasemos por alto una información clínica esencial.
Caso recreado con fines divulgativos. Los datos clínicos y personales han sido modificados y combinados para proteger la confidencialidad.
Podía trabajar. Pero ya no podía pensar igual.
Todo parecía estar bien. Seguía trabajando, tomando decisiones y atendiendo mis responsabilidades.
Pero yo sabía que no estaba rindiendo igual.
Me costaba pensar con la misma agilidad. Por las tardes perdía claridad mental justo cuando todavía necesitaba seguir trabajando. Me levantaba cansada, con dolores articulares y, algunas semanas, con migrañas intensas.
La explicación fácil habría sido: “Será la edad. Serán las hormonas”.
Pero empecé a observarme como observaría a una paciente.
Registré cuándo aparecían los síntomas y comprobé que algunas de las peores semanas coincidían con determinados momentos de mi ciclo.
A veces tomaba paracetamol anticipándome a la migraña. Pero utilizar analgésicos repetidamente no sustituye una estrategia preventiva y, si se abusa de ellos, puede incluso contribuir a cronificar el dolor de cabeza.
Revisando la evidencia encontré la riboflavina, o vitamina B2, una de las opciones estudiadas en prevención de la migraña. Decidí probarla de forma consciente y, desde entonces, mis migrañas han desaparecido prácticamente, y cuando hay alguna es muchísimo menos intensa que antes.
¿Significa que la vitamina B2 elimina las migrañas de todas las mujeres? No.
Significa que, en mi caso, la mejoría coincidió con una intervención que cuenta con cierta evidencia, y que seguiré evaluando en el tiempo.
También incorporé creatina junto con el entrenamiento de fuerza. Estoy conservando mejor la masa muscular, progreso más rápido y noto mayor resistencia a lo largo del día.
La tomo por la tarde porque es cuando más fácil me resulta integrarla y cuando más consciente soy de mi bajón cognitivo. Pero la creatina no funciona como un café: su posible efecto depende de mantener los depósitos, no de producir un impulso inmediato después de tomarla.
En cualquier caso, ningún suplemento tiene estudios de seguridad si se usa a largo plazo: si tomas suplementos, tómalos con precaución, haz descansos y consulta con tu médico si tienes dudas.
La perimenopausia puede afectar al sueño, la migraña, el dolor, la composición corporal y la percepción del rendimiento. Pero eso no significa que todas necesitemos las mismas hormonas, suplementos o tratamientos.
Alto rendimiento cognitivo no es exigirle al cuerpo que funcione como antes.
Es comprender qué ha cambiado, medirlo y encontrar estrategias que permitan seguir rindiendo a la vez que potenciamos la salud, sin "exprimirnos".
No quería resignarme a rendir peor. Pero tampoco quería tomar cosas al azar. Quería entender qué estaba cambiando.
Caso recreado con fines divulgativos. Los datos clínicos y personales han sido modificados y combinados para proteger la confidencialidad.
Tenía siete especialistas.
Pero nadie estaba mirando su salud completa
Tenía 71 años y había pasado por muchas consultas.
Reumatología había estudiado un posible síndrome de Sjögren, finalmente descartado. Maxilofacial valoraba un posible síndrome de boca ardiente. Otorrinolaringología estudiaba la sequedad bucal. Oftalmología, la sequedad ocular. Neurología había descartado una causa neurológica para el dolor y el quemazón de la lengua. Cardiología controlaba sus palpitaciones.
Cada especialista había mirado una parte.
Ella vino a Medicina Interna porque necesitaba que alguien volviera a juntar su cuerpo.
Revisamos los síntomas, las analíticas, el colesterol, la salud bucal y todos sus medicamentos. Algunas de sus molestias podían estar relacionadas entre sí; otras no. Y varias podían verse agravadas por la medicación o por la acumulación de tratamientos.
Pero al reconstruir su historia apareció una pregunta más profunda.
No recordaba con claridad cuándo había llegado su menopausia.
Aquella etapa había coincidido con una depresión mayor. Durante años estuvo muy medicada y se encontró realmente mal. No estaba pendiente de su hueso, su músculo o su riesgo cardiovascular.
Estaba intentando sobrevivir.
Ahora tenía osteoporosis sin un plan terapéutico completo y nunca le habían explicado la importancia del entrenamiento de fuerza y equilibrio. También tenía riesgo de perder masa muscular y función.
Le habían propuesto un GLP-1 para perder peso, pero tenía un IMC de 26. Antes de reducir kilos, necesitábamos saber cuánto músculo tenía, cómo era su fuerza y qué podía ocurrir si perdía peso sin entrenarlo.
También presentaba periodontitis y numerosos implantes dentales. Era necesario integrar la salud bucal en el plan y coordinar su seguimiento odontológico, no tratar la boca como si estuviera desconectada del resto del organismo.
Así que no buscamos un diagnóstico que lo explicara todo.
Ordenamos los problemas. Revisamos qué medicación seguía aportando valor, qué podía simplificarse, cómo tratar adecuadamente la osteoporosis y cómo proteger músculo, equilibrio, boca y salud cardiovascular.
Y me quedé pensando:
¿Qué habría cambiado si veinte años antes, en medio de aquella etapa tan difícil, alguien hubiera mirado también su hueso, su músculo, su salud metabólica y el impacto acumulado de la medicación?
No podemos saberlo. Ni todo podía prevenirse.
Pero esta es la razón por la que la salud de una mujer no debería empezar a cuidarse cuando ya ha aparecido la fragilidad.
La longevidad se construye mucho antes.
A los 71 años todavía podemos cambiar muchas cosas.
Pero la verdadera medicina de la longevidad empieza veinte años antes
Caso recreado con fines divulgativos. Los datos clínicos y personales han sido modificados y combinados para proteger la confidencialidad.
Tenía 65 años, diabetes tipo 2, hipertensión y un peso de 120 kilos.
Ingresó en el hospital por un cuadro confusional desencadenado por una infección urinaria complicada. Durante el ingreso descubrimos además que su diabetes estaba muy mal controlada y que presentaba importantes elevaciones de la tensión arterial.
Tratamos la infección, revisamos toda su medicación y ajustamos el tratamiento de la diabetes y la hipertensión.
Pero había otra parte igual de importante: necesitaba comprender qué podía hacer ella al volver a casa.
Comía solo dos veces al día porque pensaba que, cuanto menos comiera, más fácil sería adelgazar. Sin embargo, aquellas comidas terminaban siendo muy abundantes y difíciles de manejar para su glucosa.
No le dijimos simplemente que comiera menos.
Trabajamos una estructura que pudiera entender y mantener: horarios adaptados a su tratamiento, porciones más equilibradas, alimentos ricos en fibra y una forma diferente de ordenar el plato. Y consultar las dudas de alimentación en fuentes fiables, no cualquier sitio de internet.
Cuatro semanas después volvió a consulta.
Había perdido siete kilos. Su glucemia estaba controlada. Y su tensión arterial también. Y dice, que sin pasar hambre.
Siete kilos en cuatro semanas no son un objetivo universal ni un resultado que debamos prometer. Parte del cambio podía relacionarse con la recuperación del ingreso, la alimentación, los líquidos y el tratamiento ajustado.
Pero lo verdaderamente importante era otra cosa:
Había comprendido su enfermedad y estaba haciendo los cambios de forma consciente.
No fue únicamente el medicamento.
No fue únicamente la dieta.
Fue tratamiento, educación, seguimiento y una paciente completamente implicada.
Y sí: olé por ella!!
Caso recreado con fines divulgativos. Los datos clínicos y personales han sido modificados y combinados para proteger la confidencialidad.